MONTORO, LOS FUNCIONARIOS Y LA EMPRESA PRIVADA
por: IGNACIO ARIAS.
El Sr. Montoro, ha vuelto a meter el dedo en el ojo de los funcionarios reivindicando que se les apliquen las pautas organizativas y de funcionamiento de la empresa privada.
A
diferencia de otras ocasiones en las que la improvisación e incontinencia
verbal que caracterizan a este Ministro provocan malestar, con esta propuesta,
lejos de soliviantar los ánimos, creemos que encontraría la solidaridad y el
apoyo necesarios para su implantación, siempre y cuando extendiera su ámbito a
todo el sector público español.
En
efecto, si el Estado y su Administración funcionaran como una sociedad anónima
en la que el Presidente del Gobierno lo fuera del consejo de administración,
los ministros, los integrantes de éste y los ciudadanos los accionistas
trabajadores, el Sr. Rajoy y el Sr. Montoro ya hubieran sido cesados de modo
fulminante, por la nefasta gestión llevada a cabo.
Ninguna
Sociedad mantendría como Presidente del Consejo de Administración a una persona
que para acceder al cargo presenta un proyecto de gestión en base al cual es
elegido y una vez nombrado lo incumple estrepitosamente reconociendo que se
equivocó en el diagnóstico y que, por tanto, tiene que cambiar el tratamiento.
En ningún ámbito, excepto en el político, se permitiría tal tomadura de pelo.
Aun en el marco político, un mínimo sentido de la dignidad y de la ética,
aconsejaría dimitir. ¿Qué legitimidad tiene un gobernante que miente?
No
vale apelar permanentemente a la herencia recibida. El propio Presidente
calificó el traspaso de poderes como ejemplar. ¿Mintió Zapatero o el equipo del
Sr. Rajoy estaba integrado por los mismos incompetentes que ahora nos
gobiernan?
El
Sr. Montoro, tampoco se salvaría del cese. ¿Qué Sociedad mantendría al frente
de sus finanzas a un Consejero que ensaya viernes tras viernes y yerra viernes
tras viernes en las medidas que aplica conduciendo a la empresa al abismo
económico?
Por
tanto, cuidado con los mensajes porque pueden matar al mensajero.
No
es que restemos valor ni legitimidad al procedimiento democrático de elección
de los gobernantes, pero hay que reconocer que el ejercicio de la política ya
no se limita a determinar por dónde debe de pasar el AVE o dónde debe
construirse un aeropuerto. La política ha evolucionado y ahora implica tomar
decisiones muy técnicas que exigen, por tanto, unos conocimientos muy
especializados de los que carecen los políticos tradicionales. El ciudadano
sigue eligiendo a la clase política con arreglo a los patrones históricos
tradicionales, pero la “función política” no es la misma de antaño.
Por
tanto, el político no puede seguir apelando a la legitimidad democrática para
tomar decisiones que pueden afectar a la economía de sus ciudadanos. Las
decisiones técnicas deben ser adoptadas por los técnicos. No basta que pasen
por el tamiz de la democracia y de los votos. Los mercados, la globalización de
la economía, exigen otros modos de hacer política.
Cuidado,
pues, con apelar a las pautas y criterios organizativos de la empresa privada.
Si los extrapolamos al ámbito público, los únicos que tendrían toda la
legitimidad para integrar la plantilla de la empresa serían los funcionarios
públicos, que han acreditado mérito y capacidad.
En
todo caso, recordamos, la inamovilidad de los funcionarios públicos, que parece
que es la madre de todas las batallas, no es un privilegio, sino la mayor
garantía del Estado de Derecho.
Las
medidas que el Gobierno viene adoptando viernes tras viernes, están centrando
el foco de atención de la opinión pública en el funcionario para desviarlo de
los autores principales de la crisis, que son los políticos. La reducción del
sueldo, la supresión de la paga extraordinaria de navidad, la reducción de los
días de libre disposición, además de las generales que también les afectan como
ciudadanos (subida de impuestos, prepago farmacéutico, etc), podrán ser o no
medidas obligadas, pero lo que es irrefutable es que para operar a un paciente
hay que llegar a sus órganos vitales a través del tejido adiposo. No hay cirujano
en el mundo que sea capaz de actuar directamente sobre el órgano sin atravesar
la piel. Y en esto es en lo que está errando -¿conscientemente?- el Gobierno.
Los
funcionarios son el corazón del sistema y, por tanto, si se actúa sobre el
órgano vital se destruye la organización.
Ante
la ineficacia y fariseismo del Gobierno, suplimos su falta de realismo
sugiriendo una serie de medidas que van al núcleo duro de la cuestión –la clase
política- que debieran haber sido aplicadas previamente a reducir un solo euro
del salario de los funcionarios y que sí suponen un grandísimo ahorro en el
gasto público.
A
saber.
- Supresión de los
estatutos de ex Presidentes del Gobierno y de las comunidades autónomas.
- Supresión del
régimen de indemnizaciones y pensiones de los Ministros.
- Supresión de las
pensiones indemnizatorias del resto de los altos cargos.
- Supresión del
régimen de pensiones de los diputados.
- Derogación del art.
8 de la Ley Orgánica 3/1980, de 22 de abril, del Consejo de Estado, y, en
especial, de su apartado 1, que otorga la condición de consejeros natos de
dicha Institución a los ex Presidentes del Gobierno de la Nación.
- Derogación del artículo 17.2, b) de la Ley 35/2006, de
28 de noviembre, del impuesto sobre la renta de las personas físicas, que
permite que los eurodiputados, diputados y senadores, diputados
autonómicos, miembros de las diputaciones provinciales y concejales
decidan qué parte de sus retribuciones quedan exentas del IRPF.
- Implantación de un
régimen de incompatibilidades en el ámbito político que responda a la
máxima “Un político, un sueldo”, sea cual fuere la procedencia, naturaleza
y denominación de este último.
- Eliminación del
complemento de alto cargo del que gozan los funcionarios que se han
dedicado a la política.
- Exclusión del
régimen de aplicación del Estatuto Básico del Empleado Público del
personal eventual. No surgen por necesidades de la Administración, sino de
los partidos políticos y, por tanto, sus retribuciones deben ser abonadas
por éstos.
- Restricción y control de los viajes internacionales de los
miembros de las instituciones y órganos estatales y autonómicos que, en
todo caso, deben acreditar y justificar cómo, por qué, para qué y cuántos.
- Estudio del sector público estatal y de los sectores
públicos autonómicos y locales y supresión de todos aquellos entes,
organismos, sociedades y empresas públicas que no respondan al ejercicio
de competencias propias de las Administraciones Públicas respectivas.
- Supresión de las subvenciones a los partidos políticos, a
los sindicatos y a las organizaciones empresariales, que deben sufragar
sus gastos de funcionamiento con cargo exclusivo a las cuotas de sus
afiliados.
- Regulación de la responsabilidad patrimonial y, en su
caso, penal, de los gestores públicos.
- Obligatoriedad de que las cuentas de los partidos
políticos sean públicas y determinación del tope máximo de retribuciones
que pueden percibir los presidentes, secretarios generales y demás
personal.
- Supresión del régimen de retribuciones de los cargos
políticos (con exclusión del Presidente del Gobierno de la Nación y
Ministros) y de los cargos electivos y su sustitución por el de dietas de
asistencia, fijando un tope máximo de la cuantía de las mismas.
- Supresión de los órganos auxiliares de las comunidades
autónomas (consejos consultivos, sindicaturas de cuentas y defensores del
pueblo).
Con la aplicación de estas medidas, a buen
seguro que se disminuiría considerablemente el gasto público y nos
acomodaríamos sin mayor esfuerzo a los criterios de déficit fijados por la
Unión Europea. Los funcionarios no son los causantes de la crisis, sino sus
víctimas.
Dicho esto, los propios funcionarios
debieran pensar en organizarse para reaccionar contra estas medidas tan
injustas, evidenciando ante la sociedad que los maltrata, su potencial. No estamos
pensando ni en huelgas al estilo tradicional, ni en huelgas de brazos caídos,
ni en huelgas de hiperactividad, sino en huelgas de consumo. La sociedad debe
ser consciente de que es el funcionario, a pesar de que sus emolumentos son
cada vez más exiguos, el que contribuye al mantenimiento del comercio. Bastaría
una acción coordinada de todos los funcionarios (parece que ya hay algún
movimiento que postula prescindir del café los viernes, al que nos sumaríamos,
pero extendiendo el ahorro a lo largo de toda la jornada) para que el consumo
se diera un auténtico batacazo y fueran los propios empresarios, con su patrono
mayor al frente -Sr. Rosell-, los que dejaran de zaherir a los funcionarios y
reclamar insistentemente al Gobierno medidas de recorte.

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