La función pública en
España: ahora más que nunca
Por: Francisco José Franco Fernández
Cualquier
analista político medianamente serio lo tiene claro: lo que sobran
en España son cargos públicos de aquella especie de los que ni
ganaron concurso ni oposición ni jamás fueron elegidos por los
ciudadanos (mereciendo nuestra clase política el respeto público y
una remuneración que asegure su dedicación en cuerpo y alma a la
tarea pública), personajes aquellos curtidos en las salas de reunión
de partidos y en los despachos de las administraciones públicas.
Debe ser desde ahora el empleado público quien ocupe todos y cada
uno de los puestos que no sean elegidos democráticamente, desde las
escalas inferiores a las direcciones generales.
La salud de
un estado, la fuerza de un estado, se mide en parte por la calidad de
su administración, por su habilidad en ser un ente eficiente y
corrector de desigualdades. El funcionario público es garantía de
imparcialidad y eficiencia en la administración del presupuesto
público, y la última esperanza para garantizar en los estados
modernos la separación de poderes, clavé de bóveda de cualquier
sistema democrático. Ahora como siempre, el funcionario garantiza la
estabilidad del estado, la permanencia de las instituciones frente a
los necesarios cambios políticos, la continuidad más allá de los
mandatos electorales de políticas y programas necesarios para
cualquiera país, especialmente en un estado como el nuestro que no
soporta más reformas educativas, más parches coyunturales en
terrenos como el de la justicia, y que no puede permitirse el lujo de
cuestionarse en cada crisis económica su propia estructura política
y territorial, sus muchos siglos de rodaje histórico.
Es cierto
que las crisis son una buena excusa para andar nuevos caminos,
emprender nuevos retos y limpiar las estructuras caducas, pero nunca
debemos olvidar que han sido desde aquella lejana depresión del 29
(tan parecida a ésta, tan ligada como ésta a las debilidades del
género humano) las políticas estatales activas las que han
permitido al capitalismo subsistir y a la democracia resistir frente
al totalitarismo, los nacionalismos y el militarismo. Las propuestas
de creación de empleo público en Estados Unidos y Francia (como
aquel lejano New Deal de Keynes y Roosevelt) demostraron que en
tiempos de crisis la apuesta por el empleo público acaba rompiendo
la perversa tendencia depresiva a no consumir y estimulando sectores
productivos aletargados. Quizás sea éste el camino a emprender,
quizás el estado y sus fieles servidores los funcionarios sean los
que nos marquen de nuevo el camino a seguir, probablemente impulsando
de una forma decidida e innovadora desde el estado sectores
económicos de vanguardia, desarrollando políticas de creación de
empleo mucho más originales y ligadas al cooperativismo, y siendo la
vanguardia de las nuevas tecnologías, vehículo de engarce de la
universidad y la empresa, reflejo ante el mundo de lo que es y ha
sido siempre el talento de nuestra España miscelánea y multiforme.

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